jueves, febrero 24, 2011

Sueño 241
La ciudad parece Monte Hermoso. Voy camino al trabajo en un auto. Recuerdo pensar: Que al pedo sacar el auto por cinco cuadras locas.
Llueve, llovizna. Viento de la costa, la marea al cuello, sudestada.
Acelero y de inmediato me doy cuenta que los frenos no andan.
Con la inercia del auto de esa primera acelerada me desplazo unas cuatas cuadras de más. El pánico me inunda en cada cruce, pero por esas cosas del destino (también pensé esa expresión) la venia zafando.
Cámara subjetiva. En el horizonte: la gran avenida. Autos que vienen y que van, a toda hora, para salir, para entrar (creo que es la faro recalada, o la av. argentina, no se..)
Maniobro entrecerrando los ojos, amortiguando de antemano el impacto ineludible.
Me frena un árbol a la entrada de un bosque.
Sigo conciente y sin síntomas fatales aparentes. Por lo menos no hay sangre.
Tengo que llamar a la familia y avisar. Mamá se va a enojar. El auto, siempre me repite, es su única herramienta de trabajo.
Tengo que llamar y avisar. Primero que estoy bien…después…
Tic! Tic!
Un puño golpea en la ventanilla de mi lado. El vidrio tiembla y las gotas aprovechan para bajar serpenteando. El puño le pertenece a un gordo terrible, desnudo de torso. Una catarata fofa de rollos que se superponen y se anulan con los anteriores, empapelados de pelo crispado y canoso. Lo miro y de forma impulsiva bajo la ventanilla para hablarle.
Inmutable, murmulla bajito algo que no llego a entender, mientras se desprende algunos botones de su jean.
Comienza a mearme.

2 comentarios:

patodepiedra dijo...

ja

Pafuncia González dijo...

Tenías razón en haber anticipado el entrecerrado de ojos. Estabas definitivamente predestinado a la desgracia.